La despoblación también mata.-aseveró.

-Más que lo franceses o los Carlistas, más que la religión o el hambre, más que la propia ignorancia, la despoblación mata…- respiró dificultosamente, como buscando un escueto halo de vida para proseguir su discurso. -Además, cuando lo hace, lo hace más profundamente que todas las demás causas juntas, pues mientras que éstas se dedican a diezmar al enemigo, la despoblación mata a sus gentes, ¡a sus gentes!, que mueren junto a sus tierras, junto a sus culturas… incluso la propia esencia de la vida desaparece, pues también mata su historia y los recuerdos de las gentes que la poblaron durante siglos, aquellos que depositaron en ella pensamientos, esperanzas, sufrimientos y miserias… Memoria, la memoria es indispensable para que un pueblo pueda vivir, y lo haga en paz.

Y sí, sí, para mi desgracia y deshonor, he de decir que yo fui uno de aquellos que, sin saberlo, desconociendo las horribles consecuencias de sus actos, abrimos las puertas a esa marginación que hoy asola nuestra tierra, mi querida tierra, mi olvidada tierra… ¡Malditos Borbones!, murmuró.

Quien así se expresaba era Dionisio Badiola, arquitecto diplomado y liberal, y la tierra a la cual se refería era la vieja ciudad castellana de Soria. Corría el mes de diciembre del año 1874 y sabía que esa misma noche iba a morir.

Aunque su recuerdo le trasladaba al 18 de marzo del año 1812, en las faldas del cerro de la Muela donde se asentaba Numancia, y donde todo empezó. La mañana, víspera de la aprobación en Cádiz de la 1ª Constitución Española el día de San José, amaneció siendo ya un auténtico día de perros, y aunque él estaba a casi mil kilómetros de distancia, su corazón latía al mismo ritmo que el de aquellos que iban a proclamar una nueva ley. ¡Qué una nueva ley! Iban a dictar la “ley de leyes”, aquella por la que España se iba a librar del yugo absolutista del monarca, y éste, por fin, revertiría el poder al “PUEBLO”, al Pueblo Soberano.

Pero antes debían tomar la fortaleza de Soria, en manos francesas desde el 22 de noviembre de 1808 y, por ello, justo al alba del día 18, con nieve hasta la cintura, y después de haber sorteado la margen derecha del Duero durante la noche, las tropas del General Durán empezaron a divisar los merlones de las murallas junto al Duero que defendían los arrabales de la ciudad.

El asalto a la ciudad no estaba exento de controversias y dudas y, mientras cabalgaba sigilósamente por el Pereginal junto al Comandante Durán, le vino a la mente el intento fallido de tomar la plaza hacía escasamente 2 meses, el 13 de enero, con cinco mil hombres a las órdenes de Durán, junto a Vasura, Amor, el Empecinado y Montijo, quienes con dos pontones trataron de penetrar por la Puerta del Postigo, la entrada principal de la ciudad.

Después de varios ataques y de más de 200 cañonazos que se dispararon, tuvieron que retirarse con 30 hombres muertos y 160 heridos.

Pero por entonces no le tenían a él, arquitecto municipal, ni los planos de la ciudad que les había proporcionado.

Anuncios